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Comprometidos por naturaleza

Kris McDivitt Tompkins está sentada ante una mesa de centro repleta de mapas de Chile y Argentina, hablando de la polémica que a principios de los años noventa se vivió en un lugar del sur de Chile llamado Pumalín. Pumalín fue la primera y desgarradora experiencia que demostró a ella y a su marido, el ya fallecido aventurero y exempresario Doug Tompkins, lo complicado que sería convertir dólares yanquis y buenas intenciones para la protección de los paisajes sudamericanos.

Más allá de la mesa, de los mapas, de los grandes ventanales de esta casa de huéspedes levantada en lo alto de una colina se extiende un paisaje de praderas ondulantes, arroyos impetuosos, bosques de hayas meridionales y lagos de aguas de un azul oscuro casi negro: las agrestes glorias naturales del Parque Nacional Patagonia de Chile, otro proyecto de los Tompkins.

Kris Tompkins hace un alto cerca de la laguna de La Pepa, en el Parque Nacional Patagonia de Chile. El bosque en recuperación protege una población creciente de huemules meridionales, un cérvido andino en peligro de extinción.

Todo comenzó en un rancho

El parque abarca más de 300.000 hectáreas, entre las que se incluye el valle Chacabuco, que se extienden hacia el oeste desde los Andes. Junto con Pumalín, unos 500 kilómetros al norte, y otros seis parques –creados o ampliados por el empeño de los Tompkins en colaboración con el Gobierno de Chile, y potenciados por donaciones territoriales del matrimonio–, esta red de espacios naturales suma 4,5 millones de hectáreas. Inmen­­sa tanto en extensión como en diversidad, abarca la mitad austral de Chile, desde el bosque lluvioso templado valdiviano de Hornopirén hasta los pedregosos islotes y glaciares de Kawésqar. Pero para comprender la magnitud de lo que han crea­­do los Tompkins, y los obstáculos que han tenido que superar, lo mejor es empezar por Pumalín. Kris despliega los mapas y me cuenta la historia.

En 1991 Doug Tompkins adquirió un rancho abandonado en la región de Los Lagos de Chile, país que había conocido a principios de los años sesenta cuando era un joven que recorría el mundo esquiando y escalando. A finales de esa década, él y su primera esposa fundaron la empresa de equipación de deportes de aventura The North Face, vendieron el negocio por una modesta cantidad y crearon la marca de ropa Esprit. A inicios de los años noventa, enriquecido, divorciado y desencantado del consumismo voraz, Tompkins había vendido todos sus activos y abandonado el mundo de los negocios para dedicar su vida a los deportes que lo habían atraído al sur –montañismo, esquí, kayak– y a la conservación.

Mapa de situación de las distintas zonas protegidas de Chile y Argentina.

El comienzo de un proyecto enorme

Su proyecto de restaurar la vegetación nativa del rancho se metamorfoseó en una idea de mayor enjundia. Creó y financió una fundación privada, Conservation Land Trust, a través de la cual adquirió tierras para la formación de dos grandes bloques prácticamente vírgenes, Pumalín Norte y Pumalín Sur. Entre ambos había otra parcela, llamada Huinay, propiedad de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, que se mostraba dispuesta a vender. Pero una serie de intereses políticos, entre ellos los del entonces presidente chileno Eduardo Frei Ruiz-Tagle, se opusieron a la venta. En ese punto Kris McDivitt entró en escena, tras haberse retirado como directora ejecutiva de otra empresa de ropa, Patagonia, y aportó su propia fortuna y convicciones, que estaban en consonancia con las de Doug Tompkins. Se casaron en 1994.

Kris Tompkins es una mujer menuda y enérgica dotada de una inteligencia clínica; recuerda sin dejarse llevar por la emoción. Huinay, sí, esa era la pieza que habría unido Pumalín, me dice. Suponía unos 340 kilómetros cuadrados, no mucho en comparación con Pumalín Norte y Pumalín Sur, pero atravesaba el país en uno de sus puntos más estrechos, desde el golfo de Ancud hasta las cumbres andinas. Su empeño por adquirir aquel te­­rreno despertó sospechas, resistencias, rencores. Con tanta compra y tanta protección, se quejaban algunos, querían dejar sin producción un suelo cultivable. Estaban destruyendo empleos. Pretendían instalarse en Chile como «señores feudales».

El estanciero Baruki Perez hace una pausa después de la caza fallida de un zorro en la estancia familiar, situada en la provincia de Santa Cruz; sus perros sangran tras haber corrido sobre las afiladas rocas. Los zorros y los pumas suponen una amenaza para las 6.000 ovejas de la estancia, encajonada hoy entre dos parques.

Reacciones de este tipo se prolongaron durante toda la década de 1990 y hasta principios de este siglo, mientras la pareja seguía adquiriendo y protegiendo tierras en otras zonas de Chile (como el valle Chacabuco, donde me entrevisto con ella). ¿Quiénes eran aquellos gringos avariciosos? ¿Qué maléficos planes se traían entre manos? ¿Pretendían construir un vertedero de residuos nucleares, poner bases militares en manos de Argentina, robar el agua de Chile? ¿O querían convertir enormes extensiones de Chile en cortijos privados para su propio disfrute?

Cerca de su pueblo de la provincia argentina de Santa Cruz, Daniel Reber supervisa un guanaco abatido con el que dará de comer a sus perros. Cazar guanacos sin licencia es una práctica ilegal muy habitual en la provincia. Un parque nacional cercano proporciona 520 kilómetros cuadrados de refugio a la fauna salvaje.

Donación de tierras al gobierno de Chile

En realidad lo que pretendían hacer en Pumalín era comprar tierras, crear un parque y donárselo al país. Pero en Chile no existía tradición de filantropía privada, al margen de proyectos eclesiásticos o educativos. El hecho de que una pareja de estadounidenses se presentase allí haciendo semejante alarde de generosidad se percibía como condescendiente en el mejor de los casos, siniestro en el peor. Huinay era especialmente sensible, porque aun siendo pequeño se extendía de frontera a frontera. Si unos gringos ricachones se hacían con aquella propiedad, aducían sus detractores, el país quedaría cortado por la mitad. «Durante cuatro o cinco años nos despreciaron –recuerda Kris–. Se pensaban que éramos una secta».

En 21 años de matrimonio, con sus múltiples propiedades e iniciativas en Chile y Argentina, movidos por un inagotable interés por el paisaje, los Tompkins pasaron gran parte de su tiempo en avionetas privadas. Doug era piloto; acumulaba 15.000 horas de vuelo. Kris se ponía a los mandos a menudo, pero nunca para los despegues y aterrizajes, pues no tenía licencia de vuelo. «Es cuando más feliz me siento, cuando vuelo», me confiesa. Los dos creyeron siempre que morirían juntos, añade, porque se pasaban la vida en el Cessna o el Husky volando entre cañones y picos andinos.

No fue así. Doug falleció de hipotermia el 8 de diciembre de 2015 en un hospital de Coihaique, la capital regional, tras sufrir una prolongada inmersión en un gélido lago chileno un día en que se encadenaron una serie de circunstancias catastró­ficas: se desató un fuerte viento, se levantó un gran oleaje y se averió el timón del kayak. El bote volcó y la fuerte corriente les impidió a él y a su compañero de remo, el escalador Rick Ridgeway, llegar a la orilla. Ridgeway fue rescatado al cabo de una hora y vivió para contarlo. Doug Tompkins, no.

Doug Tompkins, marido y socio de Kris (junto a ella en esta foto de 2010) murió en 2015 en un accidente de kayak.

Kris recibió la noticia por teléfono –alguien le habló vagamente de un accidente y una posible víctima mortal–, cogió el coche y condujo seis horas hasta el hospital en que su marido ya había sido declarado muerto. «Que se fuese tan rápido casa a la perfección con lo que quiera que fuese aquel matrimonio –me dice–. El duelo es solo una continuación de la relación que tenías en vida». Existencias intensas, duelo intenso. Así sea.

Doug falleció de hipotermia el 8 de diciembre de 2015 en un hospital de Coihaique, la capital regional, tras sufrir una prolongada inmersión en un gélido lago chileno.

El apodo de Kris como aviadora era «Picaflor»; el de Doug, «Águila». Entre ellos usaban una versión más íntima: él era «Lolo» y ella, «Birdie». Pero si ella se parece a un ave, es a un paíño curtido y aguerrido, no a un picaflor. En los últimos años ha llevado adelante en solitario con más ahínco todavía los proyectos que iniciaron juntos. «Gracias a eso no me he ido con él», reconoce.

Más hectáreas protegidas

En vez de abandonarlo, retomó con renovado denuedo el objetivo de convertir las propiedades de Tompkins Conservation en una portentosa cartera de parques nacionales que motean Chile y Argentina. Le llevó tres años, pero el proyecto se aceleró con rapidez. A los 15 días de enterrar a su marido, firmó el acuerdo de protección de un vasto ecosistema de humedales en el norte de Argentina, los Esteros del Iberá. A finales de mayo de 2009 formalizó su compromiso con el Gobierno de Chile para combinar más de 400.000 hectáreas de terreno de Tompkins con 4 millones de hectáreas de propiedad estatal en la creación de cinco nuevos parques nacionales y la ampliación de otros tres. Lo que antaño fuera la reserva privada de Pumalín es hoy un tesoro público: el Parque Nacional Pumalín Douglas Tompkins.

«Durante cuatro o cinco años nos despreciaron –recuerda Kris Tompkins–. Se pensaban que éramos una secta».

 En los Esteros del Iberá de  Argentina hay en marcha iniciativas para reintroducir en  la naturaleza especies que llevan décadas extintas en la zona.

Después de almorzar en la casa de huéspedes, Kris me lleva a dar un paseo para admirar el paisaje del lugar. Detrás del albergue principal del Parque Nacional Patagonia, una vía de servicio conduce a un sendero que asciende por una torrentera. Hacemos un alto en un diminuto cementerio con 10 sepulturas, marcadas con cruces de madera y pequeños panteones, además de un bloque de piedra vertical en el que se lee:

DOUGLAS RAINSFORD TOMPKINS
Birdie & Lolo
03-1943 12-2015

El volcán Corcovado domina el parque nacional homónimo de Chile. El desaparecido Doug Tompkins, aventurero además de conservacionista, lo escaló en la década de 1990. El parque se creó en 2005 al sumar suelo federal y tierras donadas por Tompkins Conservation y el filántropo Peter Buckley.

Los empleados eligieron la inscripción de la lápida sin consultárselo, pero ella afirma que le parece bien. Habla de su marido y de su muerte con practicidad y sin sentimentalismos, pero que sea comedida en la expresión de sus sentimientos no significa que no existan. A veces, me confiesa, se acerca a la tumba de su marido y se tiende sobre la hierba, en silencio, recordándolo, acercándose a él.

El sendero serpentea por laderas pedregosas y llanuras de hierba y matas guanaco, unos arbustos de flores amarillas que de lejos se antojan cabezas de coral. Cruza un arroyuelo que discurre a la sombra de unas hayas y sube hasta un camping, describe un giro y vuelve al edificio central del parque. En un mo­mento dado me fijo en un montoncillo de excrementos blancos resecos. Sí, son de puma, me dice Kris. La creciente población de pumas del valle Chacabuco es una de las facetas del proceso de renaturalización, un objetivo clave para los terrenos chilenos y argentinos de Tompkins Conservation que han perdido elementos emblemáticos de su fauna autóctona. Renaturalizar significa que habrá más pumas, huemules meridionales (un cérvido surandino en peligro) y ñandúes petisos patagónicos (un ave no voladora de gran tamaño) en el Parque Nacional Patagonia, de igual modo que en otras zonas se restaura la fauna salvaje y se reintroducen especies.

El guarda Emanuel Galetto levanta a una hembra de puma sedada que quedó atrapada en un cepo incruento instalado por los biólogos del Parque Nacional Patagonia de Argentina. Tras ponerle un collar GPS la soltarán, para que se sume a los otros seis pumas con collar que hay en el parque.Un par de jóvenes ñandúes petisos patagónicos nacidos  en un centro de cría observan el recinto  de aclimatación en el que pasarán de uno a dos meses como paso previo a su suelta en  el Parque Nacional Patagonia de Chile.  El programa de renaturalización tiene previsto liberar cada año entre 10 y 20 de estas aves no voladoras.

La renaturalización también tiene sus detractores, sobre todo cuando implica reintroducir de­­predadores como el puma o (en los vastos esteros argentinos del Iberá) el jaguar. Solo una suma de audacia y paciencia puede hacer que este proyecto se haga realidad, y buena parte de esta última es aportación de Kris Tompkins. «Doug era un cañón que disparaba ideas –me dijo Gil Butler, otro filántropo conservacionista–. Kris las lleva a cabo».

En el lado argentino, el conjunto de iniciativas de renaturalización de Tompkins Conservation avanza a buen ritmo en los Esteros del Iberá, en el extremo nordeste del país. Es un vasto y abigarrado ecosistema de cenagales, canales de aguas oscuras, lagunas, alfombras de vegetación flotante y alguna que otra zona de sabana. Abundan los caimanes y las aves acuáticas, y con algo de suerte puede avistarse una anaconda amarilla. La luz del sol arranca al lugar un brillo especial; su nombre proviene del guaraní y berá, «aguas refulgentes».

La estancia San Alonso era el lugar perfecto para el acto más espectacular de renaturalización: reintroducir el jaguar.

La biodiversidad del Iberá

El Iberá pertenece a la provincia de Corrientes, una región esencialmente rural que limita con Paraguay, Uruguay y Brasil, donde resiste un po­tente elemento de lengua y cultura guaraníes y se respira ese aire de independencia propio de las zonas fronterizas. Durante un siglo tuvo una cierta actividad ganadera, y también se cazaban animales por la carne y las pieles; la gente se movía en bote o vadeando los humedales a caballo, pero no había tierra firme suficiente para sustentar grandes poblaciones humanas o bovinas. La alternativa de futuro apuntaba al cultivo arrocero y las plantaciones de pinos. Y entonces, en 1997, Doug Tompkins visitó la zona por casualidad. Le llamó la atención aquel lugar y, un día de verano, regresó con su mujer. «Bajamos de la avioneta y le dije: vámonos de aquí. Hace calor, nos comen los bichos. Esto es más plano que una sartén», me cuenta Kris. Pero él vio algo que ella no –la biodiversidad, las posibilidades– y compró un rancho en una isla en me­­dio de aquel pantanal. La estancia San Alonso pasó a ser el primer terreno de Tompkins en el Iberá y con el tiempo se convertiría en el lugar perfecto para emprender el acto más espectacular de renaturalización: la reintroducción del jaguar.

Ante la mirada del voluntario Erik Esposito, el biólogo Pablo Guerra atiende a Nahuel, un macho reproductor de 18 años del Centro de Reintroducción del Jaguar, situado en la isla de San Alonso, que forma parte del Parque Iberá.

A escasa distancia de la casa principal de San Alonso hay un conjunto de recintos muy bien construidos: recias vallas metálicas y postes de acero, de cinco metros de altura, con forma de T en la parte superior para evitar que los animales trepen y huyan, e hilo electrificado en los perímetros interiores. Los jaguares pueden ser muy inquietos, sobre todo en cautividad, y atléticos.

Cada cercado contiene una plataforma arbórea, arbustos bajos o algún otro elemento natural en el que cobijarse. En el momento de mi visita había ocho jaguares en los recintos, entre ellos varios adultos reproductores prestados por zoos y una pareja de cachorros de un año que habían nacido allí y estaban criándose para su posterior suelta. Los cachorros vivían en un recinto más amplio y apartado, con alimento de sobra pero sin contacto humano –se evitaba incluso que viesen de lejos a sus cuidadores– para que, al liberarlos, temiesen a los humanos, no los asociasen con el alimento y tuviesen interiorizados otros hábitos positivos de supervivencia en la naturaleza.

Vi cómo introducían en un recinto una capibara viva (un enorme roedor nativo), pero la hembra adulta que allí habitaba no se fijó en ella o no tenía hambre. Ya la encontraría a su debido tiempo. Un gran macho llamado Nahuel merodeaba junto a la valla; tensos los músculos bajo el lustroso pelaje moteado. Estos felinos son tan fieros como hermosos, y no vacilan en matar cabezas de ganado allí donde vacas y ovejas han suplantado a sus presas naturales. En la isla de San Alonso ahora ya no hay ganado bovino ni ovino; sus pastos dan sustento a un gran número de ciervos de los pantanos y una abundancia casi cómica de capibaras (gracias en parte a la ausencia del jaguar, su depredador natural), algunas de ellas de 70 kilos de peso. Por este motivo San Alonso es el punto de partida perfecto. Las primeras sueltas podrían ser inminentes. Restablecer al jaguar en un área más amplia del Iberá será una empresa más compleja que exigirá tanto la aceptación de la población humana como la disponibilidad natural de presas.

Seguido por la montura sobre la que más tarde cabalgará hasta su casa, Mingo Ávalos impulsa su canoa por un canal mientras otro guía y él dan un tour a unos turistas de visita en el Iberá. Todos ganan con el turismo: los antiguos cazadores y los que trabajan en la ganadería, como Ávalos, encuentran empleos respetuosos con el medio ambiente.

Tompkins Conservation está allanando el cami­­no hacia esa meta con una campaña de educación y actos públicos orientados a concienciar de la importancia del jaguar como un patrimonio de la provincia de Corrientes del que todos sus habitan­tes deben enorgullecerse. En la fiesta del primer cumpleaños de las crías de jaguar, en la ciudad de Concepción, vi cómo más de un centenar de personas de todas las edades lo celebraban en un patio entre murales con pinturas de animales, música, niños agitando banderines y un espectáculo de títeres. Los pequeños hacían cola para hacerse una foto ante un enorme póster de jaguar.

La iniciativa de renaturalización también incluye al guacamayo aliverde, el ciervo de la pam­­pa (una especie amenazada), el pecarí de collar, la nutria gigante y el oso hormiguero gigante. Parte del trabajo previo con estos animales se lleva a cabo en un centro de cuarentena próximo a la ciudad de Corrientes, capital de la provincia, al que se accede tras recorrer una estrecha carretera secundaria y franquear un vallado doble.

El veterinario Jorge Peña ofrece cuidados críticos y un cálido regazo a un ciervo de la pampa que se dirige a su nuevo hogar del Parque Iberá. El animal, sedado, es uno de los que transportaron en helicóptero desde una zona mermada por el avance de las plantaciones forestales.

Osos hormigueros huérfanos

Griselda Fernández, vecina del lugar a quien todos llaman Guichi, lleva más de 12 años en Tomp­kins Conservation y hoy es la experta madre de acogida de los ositos hormigueros huérfanos que se crían allí, cada uno en su recinto. Guichi ofreció un biberón a uno de ellos, llamado Quisco, que se abrazó a ella cuando su larguísimo hocico encontró la tetina y su lengua asomó para lamer la leche. Tras la toma, se deleitó con las cosquillas que Guichi le hacía en la barriguilla, unos mimos con caducidad. «Son animales tan instintivos que no puedes domesticarlos –dijo–. A partir del año tienen unas señoras garras y son peligrosos».

Estos huérfanos suelen quedarse desvalidos cuando la madre muere en un altercado con un cazador y sus perros. El oso hormiguero gigante adulto es una criatura tan imponente como inverosímil: el lomo cubierto de pelaje manchado, zahones blancos, una franja negra a lo largo del cuerpo, una gran cola peluda que usa como manta cuando duerme, un hocico de curvas elegantes que funciona como la boquilla de un aspirador, una lengua que mide la mitad de lo que mide su cuerpo, y esas garras… Ocho adultos residían en cercados más amplios no lejos del de Quisco, y cuando Guichi llegó para darles la cena –una papilla de comida de gato aguada, dado que la cantidad de hormigas que pueden reunir los cuidadores en un día tiene un límite–, dos de ellos acudieron raudos a lamerla. Una vez devueltos a la naturaleza, regresarían por instinto a la dieta de hormigas y termitas.

Los argentinos no acababan de creerse que dos estadounidenses ricos comprasen tierras para regalarlas.

El esfuerzo por renaturalizar las propiedades de Tompkins en el Iberá, combinarlas con suelo público (provincial y nacional) para fundar un gran parque público y fomentar un desarrollo económico basado en el turismo en las comunidades que rodean los humedales ha sido largo y arduo. Sofía Heinonen, directora ejecutiva de Tompkins Conservation en Argentina, quien comenzó a gestionar el proyecto del Iberá en 2005, me explicó que al principio la gente llamaba a Doug Tompkins «el gringo que quería robar el agua». El epíteto se convirtió en lema opositor: «Los gringos vienen por el agua». Los argentinos no acababan de creerse –como los chilenos en la época de Huinay– que dos estadounidenses ricos comprasen tierras para regalarlas. Más de una autoridad de la provincia de Corrientes veía con escepticismo la idea de fundar un gran parque, como también los grandes terratenientes del lugar, aferrados al viejo modelo económico de ganado, madera y arroz.

El biólogo Giuliano Pesci revisa a una hembra de tapir con radiocollar y a su cría, liberadas en el Parque Iberá. Poesteriormente se tuvo que suspender el programa de renaturalización cuando cinco tapires sucumbieron a un parásito exótico. Los seis tapires del Iberá que sobreviven están en cuarentena.

El imprescindible apoyo gubernamental

El apoyo de las autoridades de Corrientes era crítico, porque aparte de las hectáreas de Tompkins y el terreno propiedad del Gobierno nacional, buena parte del Iberá pertenecía a la provincia. Pero las autoridades de Corrientes no respondían. Sin embargo, las alcaldías de las pequeñas localidades en torno a los humedales, puertas de acceso al ecosistema, mostraban interés en los ingresos turísticos que podría reportar un gran parque. Y el Gobierno nacional en Buenos Aires, sobre todo el Ministerio de Turismo, también veía en el Iberá un destino prometedor. En 2013, por lo menos un político de Corrientes, el senador Sergio Flinta, comprendió que la provincia estaba en el bando equivocado de aquella lucha y empezó a impulsar leyes de creación de parques en el Senado provincial. Pero la situación seguía atascada. Entonces se produjo un hecho que rompió el impasse: Doug Tompkins falleció.

Sin perder cuerda, en pleno luto, Kris Tompkins movió ficha. Dijo a Heinonen que llamase a Flinta y cerrase el acuerdo en términos de compromiso: 168.000 hectáreas de Tompkins Conservation, más suelo provincial de Corrientes y suelo nacional argentino, todo unido (pero sin alteraciones de dominio) para crear un gran parque. En menos de 15 días Tompkins, Heinonen y Flinta estaban firmando el acuerdo en el despacho de Mauricio Macri, recién elegido presidente de Argentina. Tompkins pudo haberse presentado en la reunión envuelta en crespones de viuda, jugando la baza de la compasión, pero apareció vestida con un jersey blanco y se las arregló para sonreír, expresando un mensaje tácito: basta de tiras y aflojas políticos, la vida es corta. Pongámoslo en marcha.

Cinco años después, quienes criticaron el proyecto reconocen el valor patrimonial de renaturalizar el espacio y los beneficios económicos del turismo. «A algunos no les caía bien Doug porque era yanqui –me dijo Flinta–. Hoy dan las gracias».

El veterinario Jorge Gómez supervisa el entrenamiento de un guacamayo aliverde antes de su suelta en el Parque Iberá, en Argentina. Esta especie, que llevaba un siglo sin ser avistada en la región, va a reintroducirse en la zona, por lo que se enseña a las aves criadas en cautividad las destrezas que necesitarán para sobrevivir en un entorno natural.

La impresionante biodiversidad ornitológica

De regreso en el Parque Nacional Patagonia de Chile, un día subo por el valle Chacabuco con un guía ornitológico para ver flamencos chilenos, zampullines, fochas y otras aves acuáticas desde un mirador que domina el lago Cisnes. Las aves que le dan nombre también están aquí: los cisnes cuellinegros y los pequeños cisnes coscoroba, con su rostro blanco y las alas de puntas negras. En un extremo del lago hay una mesa y un cartelito: ÁREA DE PÍCNIC PICAFLOR Y ÁGUILA. Lolo y Birdie acamparon aquí por primera vez en 1993 y regresaron casi cada año hasta que Doug murió. Hoy una familia de chilenos de una población vecina almuerza en el merendero. Hablo con la mujer, una abogada llamada Andrea Gómez Jaramillo. Sí, dice, ya habíamos estado antes, nos gusta la naturaleza. En una ocasión, hace años, incluso vimos un puma. Una experiencia inolvidable.

Esa noche, mientras cenamos un plato de pasta preparado por Kris Tompkins, ella menciona que al día siguiente saldrá en el Husky para echar un vistazo a un lugar en las laderas chilenas del cerro San Lorenzo que podría ser una buena compra.

«¿Cuándo pondrás punto final, Kris?», pregunto.

«Nunca –dice–. Seguiré hasta que me muera». 

* El último libro de David Quammen se titula El árbol enmarañado: una nueva y radical historia de la vida. El fotógrafo chileno Tomás Munita está especializado en temas sociales y medioambientales.

Este reportaje se ha publicado en la edición impresa de la revista National Geographic España del mes de mayo de 2020.