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El hombre está evolutivamente más preparado para el combate

El ser humano es un especialista productivo. Cada especie en la naturaleza destaca en una faceta que le otorga una ventaja competitiva frente al resto y la especie humana en sus inicios no era la más fuerte, ni la más rápida, ni la más escurridiza, así que se vio obligada a explotar su intelecto. Lo lleva haciendo desde hace milenios y esa es la razón que le ha permitido prosperar, es su mayor virtud. Sin embargo también existen otros factores que modificaron su estructura para conseguir sobrevivir, como el combate.

Un estudio de David Carrier en la Universidad de Utah ha analizado cómo la selección natural empujó a la especie durante milenios a buscar su lugar en el mundo y ha concluido con que la destreza física también fue importante en su supervivencia. Las características del sistema locomotor humano permiten desarrollar unas habilidades que no solo facilitan la movilidad, su función principal, sino que también son armas que pueden ser aprovechadas en un combate. El ser humano posee una estructura física que le permite moverse con facilidad, pero que también le permite pelear con precisión aprovechando su cuerpo.

El estudio, realizado con una muestra de 39 personas, 20 hombres y 19 mujeres, se centró en analizar las diferencias físicas entre ambos sexos, lo que se conoce como dimorfismo sexual. El objetivo de la investigación de Carrier era estudiar cuál era el rendimiento tanto de hombres como de mujeres en dos acciones muy concretas: dar un puñetazo y lanzar objetos. Para entender cuál ha sido la razón de las diferencias físicas entre los sexos, debía entender su entorno y el propósito de la especie.

Una radiografía honesta

El profesor Carrier lleva varios años estudiando el dimorfismo sexual, primero analizó la posición plana del pie para facilitar el equilibrio y, después, investigó la estructura ósea facial para comprender cómo la evolución favoreció que las características físicas de los hombres se adaptaran a un entorno agresivo. "Tenemos un grado de conflictividad como especie similar al chimpancé, aunque nuestros conflictos interpersonales por lo general son poco cruentos" asegura José Miguel Carretero, experto en evolución humana de la Universidad de Burgos.

Todos esos cambios en la estructura física humana requieren de mucho tiempo y son la consecuencia de la selección natural que enunció Charles Darwin. Los más fuertes sobreviven, por lo que los cuerpos cambian y se especializan para poder salir adelante.

No obstante, aunque ese proceso evolutivo impulsa el cambio físico, el dimorfismo sexual tarda milenios en ser evidente. "La locomoción es lo que determina nuestra anatomía, no el combate, pero es cierto que tenemos un grado de precisión mucho mayor que otras especies, incluso con los pies", expresa Carretero, explicando que el ser humano no se ajusta a ningún otro modelo de primate porque su nivel de conflictividad que choca con sus instintos pacifistas, más marcados en las mujeres. "Existe un cierto grado de competencia entre los machos y es evidente que tenemos conflictos" añade el profesor, otorgando un gran peso en la evolución del dimorfismo al proceso de selección sexual, una de las claves que habría motivado el desarrollo de comportamientos agresivos en los machos para reproducirse.

“Los dos sexos comparten casi la totalidad de los genes, si los machos tienden a crecer en tamaño, ambos crecerán por la carga genética compartida” explica Carrier.

Para entender cómo funciona este proceso hay que ir mucho más allá, “ese crecimiento evolutivo aleja a las hembras de su tamaño óptimo, por lo que nuevos mecanismos genéticos deben desarrollarse para que consigan una evolución que les lleve a un tamaño más reducido y favorable para la supervivencia”, asevera David Carrier.

Cuando el dimorfismo sexual está presente de manera evidente, significa que esa característica que se desarrolla tuvo un impacto considerable en la supervivencia de la especie. Los hombres aprovecharon su cuerpo para obtener un mayor rendimiento en lucha y así lo muestra la estructura ósea y muscular de los machos de la especie humana.

Lucha y supervivencia

El estudio de Carrier concluye que las diferencias entre hombres y mujeres son más evidentes en los elementos físicos utilizados como armas, como son las manos. Hay consenso en la comunidad científica sobre que los hombres tienen un 75% más de masa muscular en la zona especializada en el combate - parte superior del cuerpo, brazos, torso y abdomen - y un 90% más de fuerza en términos generales, pero nunca se ha dado una explicación científica a ese dimorfismo sexual.

Para darle respuesta, Carrier y su equipo desarrollaron un experimento que estudiara la fuerza con la que ambos sexos realizaban las mismas pruebas de lanzamiento de puñetazos y de objetos. De este modo, podría entender los rendimientos musculares y estudiar las características físicas para así comprender la razón que ha motivado esas diferencias.

El puñetazo de un hombre recoge un 162% más de potencia que el de una mujer, aunque los lanzamientos sólo recogen un 120% más.

“En la actualidad, los hombres son mucho más propensos que las mujeres a participar en un combate. Estas evidencias junto a nuestro trabajo sugieren que la diferencia de conducta entre hombres y mujeres tiene su raíz en las fuerzas evolutivas que configuraron nuestro sistema de relación humana”, explica el profesor norteamericano.

El ser humano es un especialista en maximizar capacidades y el hombre aprovechó su cuerpo para convertirse en un luchador competente. Y lo sigue haciendo. El dimorfismo sexual es un proceso que se desarrolla por necesidad y, hasta cierto punto, parte de los rasgos que diferencian a ambos sexos de la especie humana vinieron motivados por el combate. Para Carrier, la aceptación de comportamientos agresivos como normales en el día a día impulsa sus estudios: “si entendemos qué guía a los individuos para escoger la violencia como solución a los problemas encontraremos modos de prevenirla en el futuro”.

En definitiva, la labor de comprender la raza humana y su origen es un proceso de largo recorrido que requiere autocrítica, sinceridad y honestidad para entender desde donde se viene, pero también hacia dónde se dirige.