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Expedición a Nueva Guinea: paisajes de un mundo inexplorado

El día empezaba con el canto de los pájaros, en especial con el de la vocinglera y ubicua pe­­troica terrestre chica. Jalonaban la rutina diaria los ásperos gritos de las bandadas de loris, que surcaban el aire sobre las cabezas de los expedicionarios como balas rojas y verdes; el arrullo constante de las palomas frugívoras, que misteriosamente permanecían ocultas en las copas de los árboles pese a su deslumbrante plumaje verde y amarillo, y el interminable goteo del agua sobre las tiendas.

Al atardecer estallaba el reclamo ensordecedor de las cigarras, que a las cinco y media de la tarde sonaban como alarmas de coche y a las seis parecían sirenas de policía. Luego caía la noche, y las ranas se sumaban al coro. Cada día traía consigo nuevos descubrimientos y sorpresas, desde el raro, y casi mítico, canguro arborícola dorado (cuyo nombre científico, Dendrolagus pulcherrimus, significa «la más bella liebre arborícola), hasta las polillas, que parecían reunir todas las combinaciones posibles de formas y colores.