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Expedición a Nueva Guinea: un paraíso de anfibios y reptiles

La lluvia alimenta la riqueza biológica de la selva, una riqueza que se manifiesta en parte en la exuberancia de musgos, helechos y otras epífitas -plantas que crecen sobre otras plantas- que cubren los troncos y las ramas de los árboles. Instalados a una altitud que los situaba por encima de los mosquitos transmisores de la malaria y de las serpientes venenosas conocidas, los residentes del campamento del pantano tenían como principal amenaza las ramas que caían de los árboles, ya que la vegetación epifítica absorbe el agua y pesa demasiado en las ramas.

Entre la docena de tiendas del campamento del pantano había una grande y amarilla que hacía las veces de laboratorio. Allí, Kristofer Helgen y Christopher Milensky, de la Smithsonian Institution, preparaban, respectivamente, los especímenes de mamíferos y de aves, y el australiano Paul Oliver se ocupaba de las ranas y los lagartos. Ed Scholes, del Laboratorio de Ornitología de Cornell, cargaba con los aparatos de audio y de vídeo por las sendas del bosque para documentar las raras aves del paraíso. El botánico Asep Sadili, del Instituto Indonesio de Ciencias, copatrocinador de la expedición, recogía plantas en un área de estudio cercana al campamento.

Los expedicionarios capturaban animales con diversas trampas y redes y, en ocasiones, a mano, en especial las ranas halladas a la luz de las linternas frontales en los paseos nocturnos. Muchas de las aves y los mamíferos más grandes fueron aportados por los hombres de una aldea de las estribaciones de los Foja, que guiaron a los biólogos, los ayudaron con las tareas del campamento y les demostraron sus conocimientos del bosque.