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Nadando con el tiburón tigre

Vi Tiburón el verano que se estrenó, en 1975. Tenía nueve años, y aún recuerdo el revuelo que se formó en el cine cuando Brody mata por fin al monstruoso pez. La película me fascinó por completo, y esa noche soñé que salía un tiburón por el retrete de mi casa y me perseguía por el pasillo.

Mi experiencia fue parecida a la que tuvo el resto del mundo. La película nos encantó, y despertó nuestra fobia a los tiburones. Yo crecí en la casa que mis abuelos tenían en la costa de Connecticut, y aunque no dejé de bañarme en el mar, siempre me acompañó el temor difuso de que en cualquier momento una inmensa mandíbula podía agarrarme por la pierna. Mi hermana quedó tan traumatizada que solo se metía en el agua con la marea baja. Poco importaba que desde 1900 solo hubiera habido dos casos de ataque de tiburón en Connecticut. Los hechos nunca son tan determinantes como las sensaciones.


Por eso, cuando me encargaron este reportaje, decidí hacer algo que nunca antes había querido hacer: nadar con tiburones. Me apunté a un curso de buceo y me fui a Tiger Beach, un lugar en las Bahamas donde se puede bucear con tiburones tigre; después del gran tiburón blanco, esta es la especie responsable de más ataques a humanos. Allí haría mi primera inmersión tras conseguir la certificación –esto significa que sería la primera vez que buceaba fuera de una piscina–, y sería sin jaula. La mayoría de los que supieron de mi plan pensaron que o bien era muy valiente o bien muy estúpido.


Pero yo solo quería disipar un prejuicio. Las personas que conocen bien a los tiburones son quienes menos los temen, y nadie se acerca más a ellos que un buzo. Los buzos que trabajan en Tiger Beach hablan de los tiburones que hay allí de forma muy afectuosa. Los llaman por su nombre y se entusiasman cuando describen sus particularidades. Para ellos, un tiburón no es más devorahombres de lo que puede ser un perro. (De hecho, está demostrado que lo son mucho menos: en 2015 hubo 34 muertos por ataque de perro en Estados Unidos, pero solo seis en todo el mundo por ataque de tiburón).


Disipar prejuicios no es fácil, pues la realidad no suele ser o blanca o negra, sino con matices. El día antes de mi primera inmersión en Tiger Beach saltó la noticia de que en Hawai un hombre había sido atacado por un tiburón tigre; el animal demostró ser tan perseverante que la víctima solo pudo escapar arrancándole un ojo. El tiburón le destrozó los pies, y tuvieron que am­­putarle uno de ellos. Fue uno de los tres incidentes frente a la costa de Oahu que se produje­ron ese mes y forma parte del inquietante aumento de ataques en los últimos años que ha obligado a Hawai a encargar un estudio sobre los patrones de desplazamiento de los tiburones tigre.

Tiburón, el superdepredador

Conviene recalcar que el tiburón tigre no es importante solo por la cantidad de personas a las que llega a morder. Como superdepredador que es, actúa como una fuerza equilibradora que resulta crucial para los ecosistemas oceánicos, ya que mantiene a raya la conducta de animales como las tortugas marinas. Es esencial para la salud de las praderas submarinas, hábitat de una amplia variedad de formas de vida.

Como superdepredador que es, el tiburón tigre actúa como una fuerza equilibradora que resulta crucial para los ecosistemas oceánicos,


Además, su papel en los ecosistemas oceánicos seguramente será mayor con el cambio climático. Si el planeta y sus océanos continúan calentándose, algunas especies saldrán ganando y otras perdiendo, y es probable que el tiburón tigre sea uno de los vencedores. Le encanta el agua cálida, puede comer casi cualquier cosa y en cada parto tiene muchas crías. (El reducido número de crías en los partos de otras especies las hace especialmente vulnerables a la sobrepesca.) Todas estas características lo convierten en una de las especies de tiburón más resistentes. Además, es de las más grandes: las hembras adultas pueden sobrepasar los 5,50 metros y pesar más de 570 kilos. Así que esta es la explicación más completa de mi incursión en Tiger Beach: quería conocer a los tiburones que posiblemente poblarán cada vez más nuestros mares.

Tiger beach, a pesar de su nombre, no es una playa. Es un banco de arena a unos 40 kilómetros al norte de la isla Gran Bahama, un mosaico de arena, praderas submarinas y arrecifes de coral que empezó a atraer a los amantes del buceo hace aproximadamente una década. Es un hábitat óptimo para los tiburones tigre y ofrece unas condiciones ideales para avistarlos. Las aguas, someras, cubren entre 6 y 14 metros, y suelen ser cristalinas. Solo tienes que ponerte un cinturón de lastre, hundirte hasta el fondo y ob­­servar a los tiburones que pasan frente a ti.

Sin embargo, por fácil que sea este tipo de in­­mersión desde el punto de vista técnico, la ma­yoría de los buceadores se lo proponen como un objetivo de futuro. Todos mis compañeros de buceo eran ya expertos, y la mañana de nuestra primera inmersión, durante las dos horas que duró el trayecto en barca hasta el lugar donde nos lanzaríamos, no paraban de decirme que no se creían que fuese la primera vez que buceaba.


Pero todo ese parloteo cesó en cuanto llegamos y los instructores, Vincent y Debra Canabal, empezaron a lanzar por la borda grandes trozos de pescado sanguinolento. Casi inmediatamente el agua se llenó de tiburones de arrecife, decenas de ellos, la mayoría de entre 1,50 y 2 metros de largo, arremolinándose y peleando por la carne. Después aparecieron unos cuantos tiburones galanos, más largos y delgados que los de arrecife, y por fin Vin divisó una inmensa si­­lueta oscura. «¡Tigre!», gritó, apuntando con el dedo. Enseguida se puso el equipo y saltó al agua con una caja llena de caballas para dárselas al tiburón desde el fondo, en parte para mantenerlo ocupado mientras los demás entrábamos en el agua y en parte para asegurarse de que cuando lo hiciéramos el escualo no tuviera demasiada hambre. Hasta aquí todo me había parecido perfecto –los comentarios de los compañeros, los tiburones arremolinándose, mi primer salto al agua–, hasta que de repente llegué al fondo marino y tuve que esquivar al primer tiburón tigre que veía en mi vida: 360 kilos de animal.


Más tarde Debbie describiría aquella escena diciendo que Sophie simplemente estaba siendo curiosa y amigable. «Le has encantado», repetía una y otra vez, refiriéndose a toda la atención que Sophie me había prestado durante la inmersión (la verdad es que la tuve todo el rato encima). Pero en aquel momento yo no estaba seguro de si a Sophie le gustaba como colega o como bocado, y me comporté como un ninja exaltado, agitando frenéticamente la vara de plástico de un metro que sirve para que los tiburones no se acerquen demasiado. Después de ver cómo Vin y Debbie trataban a los tiburones durante las inmersiones de la semana siguiente –los acariciaban después de darles pescado, los guiaban cuidadosamente cuando llegaba el momento de que se fueran– se me hizo más fácil verlos bajo un prisma mucho más benigno. En ningún mo­­mento hicieron ningún gesto repentino o agresivo hacia nadie; se movían lentamente y de manera deliberada, nadando en grandes círculos y luego deslizándose con suavidad hasta alcanzar la caja de la comida. Llegué a sentirme sorprendentemente seguro en su presencia.


La mayoría de los tiburones de Tiger Beach están acostumbrados a los buceadores, a que los alimenten y a no morder la mano que les da de comer. Pero incluso los que no están habituados a esa rutina, por lo general no representan un peligro para los buzos. El tiburón tigre es un depredador al acecho que se vale del sigilo y del factor sorpresa para atrapar a sus presas. En Tiger Beach nadie nada o rema por la superficie sin pensar, como sucede con la mayoría de las víctimas de un ataque. Aquí desciendes a la profundidad del tiburón, te sitúas a su nivel y te presentas como algo distinto a una presa. Eso hace que bucear con ellos sea razonablemente seguro.


Aunque no seguro del todo. Hay vídeos de Ti­­ger Beach en los que queda patente que a veces no se produce una desgracia por los pelos (en uno aparece un tiburón tigre intentando morder a un buzo en la cabeza; en otro, persiguiendo una pierna). En 2014 un buzo desapareció sin dejar rastro. Nuestro grupo se llevó también un buen susto cuando apareció un pez ángel y los tiburones de arrecife y los galanos empezaron a perseguirlo como locos mientras aquel se escabullía entre nuestras piernas. (Yo también tuve mi momento de pánico, cuando trataba de esquivarlos mientras ellos nadaban a toda velocidad a mi alrededor y chocaban con mis piernas.) Todo el mundo, hasta Debbie, pensó que en medio de aquel tornado alguien acabaría recibiendo un mordisco, y que los tres tiburones de 450 kilos que nos rodeaban se habrían interesado entonces por cualquier buzo herido que se agitara.


El incidente fue fortuito, y al día siguiente vol­víamos a estar en el agua. Pero episodios como este nos recuerdan que los tiburones son animales salvajes, que Tiger Beach es un lugar salvaje y que tanto los animales como los lugares salvajes son impredecibles por naturaleza. Y según los científicos que los estudian, los tiburones tigre son especialmente impredecibles.

Después de Tiger Beach volé a Oahu para encontrarme con Carl Meyer en la Universidad de Hawai y discutir sus investigaciones sobre el reciente repunte de ataques de tiburones tigre. Meyer y su equipo han colocado marcas electrónicas para el seguimiento por satélite y dispo­sitivos de localización acústica a cientos de tiburones tigre. Según Meyer, los movimientos de la mayoría de las especies de tiburón son bastante predecibles: «Durante el día van a un lugar y por la noche, a otro. Pero no vemos que esto ocurra en general entre los tiburones tigre. Pueden presentarse a cualquier hora del día o de la noche, y puede que estén en un lugar un día y regresen el siguiente, o que estén allí un día y luego desaparezcan durante tres años».

Tiburones cazando

Es probable que parte de esa imprevisibilidad se deba a sus hábitos de caza, apunta el cientí­fico. Como depredadores al acecho que son, aprovechan el factor sorpresa para atrapar a sus presas, y «si eres previsible, tus presas pueden adaptarse a esa previsibilidad. Por lo tanto tiene sentido aparecer de pronto en una zona y no quedarse allí demasiado tiempo».


Meyer confiesa no saber por qué los ataques se han intensificado en Hawai en los últimos años, donde han pasado de un promedio anual de menos de cuatro entre 2000 y 2011 hasta casi diez entre 2012 y 2015. Pero anticipa que veremos un aumento en los ataques, que se mantendrá mucho tiempo, debido al creciente número de personas que acuden a las playas hawaianas.


En cuanto a por qué los ataques ocurren sobre todo en otoño, señala que esa es la época en que el tiburón tigre se acerca a las islas principales para parir. Las hembras invierten mucha energía durante la ovulación. Sus huevos son «enormes» y pueden tener hasta 80 crías por parto. Esto podría querer decir –aunque es «una hipótesis no probada en absoluto», advierte– que las hembras preñadas llegan hambrientas a las islas y se convierten en comensales menos exigentes de lo que es habitual en ellas. Otra explicación podría ser que en otoño hay más tiburones en las islas, un patrón que los hawaianos llevan generaciones comprobando (los surfistas llaman al mes de octubre sharktober).


Además del aumento demográfico que registra Hawai, otro posible factor es la proliferación de tortugas marinas. La tortuga verde pasó a estar bajo protección federal en 1978, tras décadas de ser objeto de una intensa explotación comercial por sus huevos y su carne. Desde entonces, su población no ha dejado de aumentar. Ahora son muy comunes frente a la costa de Hawai y forman parte de la dieta habitual del tiburón tigre.


Tiburones tigre y tortugas marinas tienen una larga historia compartida. Ambos se remontan a la época de los dinosaurios, y el registro fósil sugiere que posiblemente evolucionaran a la par. Dotado de una mandíbula ancha y unos robustos dientes en ángulo, el tiburón tigre es capaz de aplastar y atravesar el caparazón de una tortuga adulta, algo que la mayoría de los tiburones no puede hacer. Esa recia morfología tal vez explique sus poco selectivos hábitos alimentarios. Neumáticos, placas de matrícula, latas de pintura, animales de granja, munición sin explotar, una armadura… todo eso ha aparecido en los estómagos de estos gigantes marinos, lo que demuestra que están dispuestos a morder cualquier cosa (y por lo visto, sin demasiados efectos adversos). Por tanto, si hay más tortugas marinas compartiendo el agua con más personas, probablemente haya más ataques de tiburón.

Tiburones tigre y tortugas marinas tienen una larga historia compartida.


Pero aquí la historia se complica y trasciende el mero relato de «tiburón ataca a humano», porque la relación entre tiburones tigre y tortugas marinas podría tener importantes implicaciones para la salud de los ecosistemas oceánicos de todo el planeta. En una zona remota de la costa oeste de Australia llamada Shark Bay, un equipo de investigación dirigido por Mike Heithaus, de la Universidad Internacional de Florida, ha documentado la forma en que el tiburón tigre impide que las tortugas marinas y los dugones degraden las praderas submarinas de las cuales depende todo el ecosistema. No es solo que los tiburones se comen a estos animales, sino que su mera presencia afecta la conducta de los otros, creando un «clima de miedo» que los obliga a ser más prudentes cuando pastan para disminuir el riesgo de ser comidos.


Esto significa que proteger a animales como las tortugas marinas sin hacer lo mismo con los depredadores que las mantienen a raya podría conducir a una degradación de los ecosistemas oceánicos. «En los lugares donde se ha reducido la población de tiburones y se ha protegido a las tortugas, como en las Bermudas, parece que se están perdiendo praderas submarinas», apunta Heithaus.


En las Bahamas se prohibió la pesca de palangre en 1993 y sus aguas fueron declaradas santuario de tiburones en 2011; gracias a ello, hoy sus ecosistemas marinos están relativamente sanos. Pero en las aguas atlánticas adyacentes, donde se encuentran las islas Bermudas, la protección del tiburón ha sido mucho menor y ahora sufren las consecuencias.

Neil Hammerschlag, ecólogo marino de la Universidad de Miami que estudia al tiburón tigre del Atlántico occidental, afirma que aparentemente las tortugas marinas de la zona no alteran su comportamiento en respuesta a los tiburones tigre, como sí hacen las de Shark Bay, y eso puede deberse a que la po­blación de tiburones tigre del Atlántico ya está significativamente comprometida. «Trabajo en Florida y en las Bahamas, y es como la noche y el día. Vemos enormes diferencias en el tamaño y en la cantidad de tiburones. En las Bahamas prosperan, pero casi nunca los vemos cerca de Florida. Y están a unas 50 millas [80 kilómetros] de distancia.» Florida prohibió la matanza de tiburones tigre en sus aguas en 2012, pero es el único estado de la Costa Este que lo ha hecho, y la ley federal permite que tanto los pescadores comerciales como los deportivos los capturen y maten en aguas estadounidenses, dentro de ciertos límites.

La película Tiburón

El film es responsable de la mayoría de las amenazas a las que se enfrentan los tiburones –urbanización del litoral, contaminación marina, pesca de palangre, popularidad de la sopa de aleta de tiburón…–, pero sí creó una actitud cultural que ha persistido. Después de Tiburón la gente no solo se volvió paranoica con ese animal; también se hizo cruel, incluso vengativa. En las décadas de 1970 y 1980, los torneos de pesca de tiburón se expandieron como las malas hierbas por la Costa Este de Estados Unidos, y decenas de ellos siguen celebrando el espectáculo del «tiburón monstruo» colgando en el muelle. Asistí a uno de esos torneos el verano pasado, y recuerdo a una mujer con su hijo pequeño, señalando a un marrajo cuyas mandíbulas ensangrentadas estaban abiertas a la fuerza y diciéndole al niño: «¡Oooh, que miedo!», para que él lo repitiera.


Los tiburones pueden darnos verdadero miedo, es cierto. Pero pasé un par de días en la isla de Kauai con Mike Coots, un fotógrafo a quien un tiburón tigre arrancó la pierna derecha mientras practicaba bodyboard en 1997, a los 18 años. No tardó en volver al agua y dice que casi nunca piensa en los tiburones cuando hace surf. «La cultura de Hawai es una cultura marítima –me dijo–. Aquí la gente está en el agua desde que lleva pañales. No tiene miedo a los tiburones.» Quise verificarlo y pregunté a unos niños que jugaban si temían a los tiburones; «no», contestaron, como si fuera la pregunta más estúpida que habían oído en su vida. Tenían más o menos la misma edad que yo cuando vi Tiburón.


El verano pasado, mientras planificaba mi inmersión en Tiger Beach y la histeria sobre los ataques de tiburón en Carolina del Norte estaba en pleno apogeo, saltó la noticia de que frente a la costa de Carolina del Sur se había pescado un tiburón tigre de 360 kilos. USA Today describió el ejemplar como «monstruoso» y se refirió a los pescadores como «almas valientes». Cuando re­­gresé de Hawai volví a mirar el reportaje. Al ver la imagen del tiburón destripado sobre el muelle, pensé que en su día habría sido del mismo tamaño que Sophie, y las palabras que acudieron a mi mente no fueron para nada las del periódico, ni las que se referían al pobre tiburón ni las que aludían a los hombres que lo habían matado.