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Día 9. Una jornada de récord

Hoy amanecimos muy temprano. El barco no había parado de moverse prácticamente desde que terminó la inmersión de ayer. Habíamos navegado toda la noche por el mar de Weddell hacia el océano abierto, alejándonos de los numerosos icebergs que poblaban la zona en la que nos encontrábamos.

Navegar entre témpanos de hielo es delicado: nuestro capitán siempre se mantiene a una distancia prudencial de un kilómetro de los bloques más grandes, la velocidad del barco ha de ser mucho menor y en el puente de mando se refuerza el número de personas vigilando. Más por la noche, cuando se navega sin luz y una colisión a una velocidad moderada con un pedazo del hielo del tamaño de un coche puede ser fatal.

Mapa de situación de la expedición a la Antártida.

La noche pasó rápido y llegadas las 8 de la mañana un mensaje interno nos avisaba de que habíamos pasado los 65º de latitud. Nos encontrábamos muy al sur. De hecho, estábamos más al sur de lo que algunos miembros de la tripulación habían navegado jamás, y estamos hablando de marineros que tras un día de trabajo en cubierta te sueltan frases como “ya descansaremos en el Drake”. El caso es que se trata de un auténtico récord para muchos de ellos y por ende para nosotros, pues resulta bastante probable que jamás volvamos a transitar estas latitudes.

Para la operación de hoy decidimos subir al puente de mando. Todo estaba en marcha cuando de repente por la radio se escuchó a los operarios de la lancha pedir permiso para lanzarse al agua. Siempre es el primer paso antes de cada inmersión. En ella viaja un piloto, cuando es posible un fotógrafo, además de dos miembros de la tripulación encargados de desenganchar los cabos con los cuales se asegura el submarino durante su botadura y recogida.

Los mensajes de radio se sucedían a cada momento, pues cualquier maniobra implicada debía contar con el consentimiento explícito del capitán, desde la botadura de la zodiac, pasando por la sonda de comunicaciones, hasta todo lo relativo al propio submarino.

El submarino comprueba su movilidad durante unos segundos antes de iniciar la inmersión.
Momentos previos a la recogida del submarino tras la exploración.

Una vez tomó contacto con el agua, todo quedó en manos de sus ocupantes. También era un reto para ellos, quienes estaban a punto de realizar la inmersión científica con un submarino tripulado más meridional de la que jamás se tenga constancia.

A partir de ahora las comunicaciones en el puente se centrarían en el sumergible. Por un canal especial y gracias a una sonda situada a 15 metros bajo el barco, el operario de radio realizaba un seguimiento de cada uno de los pasos del submarino, desde el cual, cada poco tiempo, informaban de la profundidad a la que se encontraban. Mientras, una pantalla también advertía de su posición respecto del barco y un sonido periódico en forma de clic confirmaba que el canal de comunicación seguía abierto:

“Clic, clic…
- …
-150 feet. 1.5.0. (…ruido blanco).
- …
Clic, clic…
- …
-Deepworker, Deepworker: Roger that! 150 feet. 1.5.0. Copy (…ruido blanco)
- …
Clic, clic…”

Transcurrieron dos horas hasta recibir el aviso del regreso del submarino. La inmersión se presumía exitosa debido a su duración y así lo parecía confirmar la enorme sonrisa que, a través de la escotilla del submarino, aún en el agua, se dibujaba en los labios de la investigadora.

Los ingenieros monitorizan la ruta del submarino desde el puesto de mando cada 15 minutos.

Tuvimos una hora para comer hasta que el barco se puso de nuevo en marcha. Tomamos rumbo hacia el este, nos adentrábamos aún más en el océano abierto, y en el mapa mundial del tráfico marítimo que se puede consultar en línea y tiempo real, aparecíamos como un punto solitario en la nada y en mitad del mar. Si la Estación Espacial Internacional hubiera estado sobrevolándonos en aquellos momentos, es muy probable que sus ocupantes hubieran sido los humanos más cercanos a nosotros.

Y es que en otras ocasiones llegar hasta allí hubiera sido imposible debido a que en esta época del año y a esta latitud, el mar de Weddell debería encontrarse cubierto de hielo. Además, las condiciones meteorológicas debían ser idóneas, y nos habrían de acompañar por igual el estado de las corrientes y del viento.

Es por ello por lo que, tras ambas inmersiones, acabado el día, el equipo se felicitaba, y no era para menos. Han sido meses de planificación y, aun así, hasta llegado el momento no existía certeza de que unas inmersiones realizadas en aguas tan inaccesibles fueran a ser viables.

Contra todo pronóstico las operaciones fueron un completo éxito, y también contra todo pronóstico la diversidad encontrada en ambas fue sorprendentemente alta, particularmente si se considera que durante la mayor parte de la existencia de estas criaturas la superficie del océano ha permanecido helada. ¡Y es que hasta hace muy poco tiempo los científicos creían que estas áreas estarían esencialmente desprovistas de vida! En cambio, lo que el equipo encontró fue variedad y abundancia.

Una de las razones por las que suceden tantas cosas allí abajo es la enorme cantidad de piedras y rocas que varían en tamaño, desde guijarros hasta cantos rodados que han sido transportados al mar de Weddell tras el derretimiento del hielo marino. Una vez se depositan en el fondo del mar estas rocas proporcionan lugares para que la vida marina se esconda o el sustrato para que arraigue. También se trata de lugares sólidos en los que se adhieren criaturas como corales y esponjas, creando un hábitat aún más tridimensional para otras especies.

Uno de los operarios toma una fotografía de las muestras recogidas por los científicos.
Coral recolectado clasificado por los científicos dentro del género Primnoisis.

Para John y Susanne resultó increíble ser las primeras personas en ver estas zonas del Mar de Weddell, sin embargo, nos contaban que al mismo tiempo era imposible olvidar que la razón por la que pudieron llegar hasta aquí es que el cambio climático está transformando muy rápidamente ecosistemas enteros. Le restan importancia al hecho de que quizá con las inmersiones realizadas durante el día de hoy hayan batido algún récord, para ellos se trata tan solo una nota a pie de página sobre el terrible hecho de que ahora hay menos hielo en las aguas antárticas que en cualquier otro momento registrado desde que se empezaran a tomar mediciones. Y es que desde la última vez que se batió el récord mínimo de hielo marino en la Antártida, en año 2017, la región ha perdido un área de hielo del tamaño de Suiza.

Una ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) pone fin a otro gran día de exploración a bordo del Arctic Sunrise.

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Ir al Microsite Especial de la Expedición a la Antártida.

Día 9. Una jornada de récord

Hoy amanecimos muy temprano. El barco no había parado de moverse prácticamente desde que terminó la inmersión de ayer. Habíamos navegado toda la noche por el mar de Weddell hacia el océano abierto, alejándonos de los numerosos icebergs que poblaban la zona en la que nos encontrábamos.

Navegar entre témpanos de hielo es delicado: nuestro capitán siempre se mantiene a una distancia prudencial de un kilómetro de los bloques más grandes, la velocidad del barco ha de ser mucho menor y en el puente de mando se refuerza el número de personas vigilando. Más por la noche, cuando se navega sin luz y una colisión a una velocidad moderada con un pedazo del hielo del tamaño de un coche puede ser fatal.

Mapa de situación de la expedición a la Antártida.

La noche pasó rápido y llegadas las 8 de la mañana un mensaje interno nos avisaba de que habíamos pasado los 65º de latitud. Nos encontrábamos muy al sur. De hecho, estábamos más al sur de lo que algunos miembros de la tripulación habían navegado jamás, y estamos hablando de marineros que tras un día de trabajo en cubierta te sueltan frases como “ya descansaremos en el Drake”. El caso es que se trata de un auténtico récord para muchos de ellos y por ende para nosotros, pues resulta bastante probable que jamás volvamos a transitar estas latitudes.

Para la operación de hoy decidimos subir al puente de mando. Todo estaba en marcha cuando de repente por la radio se escuchó a los operarios de la lancha pedir permiso para lanzarse al agua. Siempre es el primer paso antes de cada inmersión. En ella viaja un piloto, cuando es posible un fotógrafo, además de dos miembros de la tripulación encargados de desenganchar los cabos con los cuales se asegura el submarino durante su botadura y recogida.

Los mensajes de radio se sucedían a cada momento, pues cualquier maniobra implicada debía contar con el consentimiento explícito del capitán, desde la botadura de la zodiac, pasando por la sonda de comunicaciones, hasta todo lo relativo al propio submarino.

El submarino comprueba su movilidad durante unos segundos antes de iniciar la inmersión.
Momentos previos a la recogida del submarino tras la exploración.

Una vez tomó contacto con el agua, todo quedó en manos de sus ocupantes. También era un reto para ellos, quienes estaban a punto de realizar la inmersión científica con un submarino tripulado más meridional de la que jamás se tenga constancia.

A partir de ahora las comunicaciones en el puente se centrarían en el sumergible. Por un canal especial y gracias a una sonda situada a 15 metros bajo el barco, el operario de radio realizaba un seguimiento de cada uno de los pasos del submarino, desde el cual, cada poco tiempo, informaban de la profundidad a la que se encontraban. Mientras, una pantalla también advertía de su posición respecto del barco y un sonido periódico en forma de clic confirmaba que el canal de comunicación seguía abierto:

“Clic, clic…
- …
-150 feet. 1.5.0. (…ruido blanco).
- …
Clic, clic…
- …
-Deepworker, Deepworker: Roger that! 150 feet. 1.5.0. Copy (…ruido blanco)
- …
Clic, clic…”

Transcurrieron dos horas hasta recibir el aviso del regreso del submarino. La inmersión se presumía exitosa debido a su duración y así lo parecía confirmar la enorme sonrisa que, a través de la escotilla del submarino, aún en el agua, se dibujaba en los labios de la investigadora.

Los ingenieros monitorizan la ruta del submarino desde el puesto de mando cada 15 minutos.

Tuvimos una hora para comer hasta que el barco se puso de nuevo en marcha. Tomamos rumbo hacia el este, nos adentrábamos aún más en el océano abierto, y en el mapa mundial del tráfico marítimo que se puede consultar en línea y tiempo real, aparecíamos como un punto solitario en la nada y en mitad del mar. Si la Estación Espacial Internacional hubiera estado sobrevolándonos en aquellos momentos, es muy probable que sus ocupantes hubieran sido los humanos más cercanos a nosotros.

Y es que en otras ocasiones llegar hasta allí hubiera sido imposible debido a que en esta época del año y a esta latitud, el mar de Weddell debería encontrarse cubierto de hielo. Además, las condiciones meteorológicas debían ser idóneas, y nos habrían de acompañar por igual el estado de las corrientes y del viento.

Es por ello por lo que, tras ambas inmersiones, acabado el día, el equipo se felicitaba, y no era para menos. Han sido meses de planificación y, aun así, hasta llegado el momento no existía certeza de que unas inmersiones realizadas en aguas tan inaccesibles fueran a ser viables.

Contra todo pronóstico las operaciones fueron un completo éxito, y también contra todo pronóstico la diversidad encontrada en ambas fue sorprendentemente alta, particularmente si se considera que durante la mayor parte de la existencia de estas criaturas la superficie del océano ha permanecido helada. ¡Y es que hasta hace muy poco tiempo los científicos creían que estas áreas estarían esencialmente desprovistas de vida! En cambio, lo que el equipo encontró fue variedad y abundancia.

Una de las razones por las que suceden tantas cosas allí abajo es la enorme cantidad de piedras y rocas que varían en tamaño, desde guijarros hasta cantos rodados que han sido transportados al mar de Weddell tras el derretimiento del hielo marino. Una vez se depositan en el fondo del mar estas rocas proporcionan lugares para que la vida marina se esconda o el sustrato para que arraigue. También se trata de lugares sólidos en los que se adhieren criaturas como corales y esponjas, creando un hábitat aún más tridimensional para otras especies.

Uno de los operarios toma una fotografía de las muestras recogidas por los científicos.
Coral recolectado clasificado por los científicos dentro del género Primnoisis.

Para John y Susanne resultó increíble ser las primeras personas en ver estas zonas del Mar de Weddell, sin embargo, nos contaban que al mismo tiempo era imposible olvidar que la razón por la que pudieron llegar hasta aquí es que el cambio climático está transformando muy rápidamente ecosistemas enteros. Le restan importancia al hecho de que quizá con las inmersiones realizadas durante el día de hoy hayan batido algún récord, para ellos se trata tan solo una nota a pie de página sobre el terrible hecho de que ahora hay menos hielo en las aguas antárticas que en cualquier otro momento registrado desde que se empezaran a tomar mediciones. Y es que desde la última vez que se batió el récord mínimo de hielo marino en la Antártida, en año 2017, la región ha perdido un área de hielo del tamaño de Suiza.

Una ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) pone fin a otro gran día de exploración a bordo del Arctic Sunrise.

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