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La huella invisible del racismo en España

“[…]¿Es el negro un infeliz, un infausto, un desventurado? borrar el racismo del lenguaje es un trabajo de chinos….¡Pero es que son expresiones de toda la vida!...¡Es que hemos dicho esto toda la vida!¡Es que esto lo ha escrito Pérez-Reverte toda la vida!...¡Es que están acabando con los negocios de toda la vida! Pues la palabra ha sido un privilegio toda la vida y toda la vida el sujeto subalterno no ha podido hablar […]”.

El párrafo anterior es un pasaje del poema Toda la vida, recitado por la autora alicantina de origen chino Paloma Chen, ganadora del II Premio Nacional de Poesía Viva, un galardón organizado por la Real Academia Española a las mejores obras poéticas presentadas en la red social Instagram. Sus palabras sobre el racismo inherente en la lengua española demuestran hasta qué punto los estereotipos raciales siguen siendo el pan de cada día para millones de personas a las que les estigmatiza en función de su color de piel o su aspecto físico.

Aunque la Constitución Española deja claro en su artículo 14 que todos somos iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación por razón de ‘sexo, raza, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social’, la discriminación por motivos raciales sigue estando presente en nuestro día a día. A veces quienes los sufren son objeto de acusaciones trufadas de estereotipos, en otras ocasiones son prejuzgadas por su aspecto, y en algunos casos son directamente víctimas de ataques racistas o delitos de odio.

Del “ser negro no es un delito” al “No soy un virus”.

La muerte violenta de George Floyd en 2020 a manos de una patrulla de policía en Minneapolis encendió la mecha de las protestas antirracistas en Estados Unidos. Los activistas afroamericanos popularizaron el lema “ser negro no es un delito”, con el que denunciaban la existencia de una discriminación racial inherente en la sociedad que criminalizaba a los ciudadanos afroamericanos. A esta máxima se le unió la de I’m not a virus (No soy un virus), una consigna lanzada en enero de 2020 por activistas franceses para hacer frente a los continuos ataques a los que son sometidos los miembros de la comunidad asiática, acusados de ser el origen de la pandemia de COVID-19. El uso de términos como ‘el virus de Wuhan’, o ‘el virus chino’ por el entonces presidente de Estados Unidos Donald Trump contribuyó a espolear el llamamiento antirracista en todo el mundo. 

Pero el cambio de inquilino en la Casa Blanca no acabó con la violencia contra la población asiática. El pasado 16 de marzo, un joven blanco de 21 años asesinó en un centro de masajes de Seattle a ocho personas, seis de ellas de origen asiático. Un suceso que no fue un hecho aislado y que parece tener una motivación racial.

Según datos de un estudio del Centro para el Estudio del odio y el Extremismo de la Universidad Estatal de California, los delitos contra comunidades asiáticas en Estados Unidos se han disparado un promedio de un 145% entre las principales ciudades de Estados Unidos y un 532% en las principales capitales de Canadá entre los años 2019 y 2020. En mitad de este incremento de casos afloran organizaciones sociales que reclaman una actuación integral de las autoridades contra los ataques a estas comunidades, como Stop AAPI Hate, una ONG que centraliza todas las denuncias relacionadas con ataques hacia la comunidad asiática de Estados Unidos. Además de recoger los casos de violencia, la organización ha lanzado una campaña con el hashtag #stopasianhate (stop al racismo asiático) destinado a sensibilizar y visibilizar el odio que sufre esta comunidad.

Personas racializadas

Distintas campañas. Distintos colectivos señalados. El mismo problema. El estigma con el que tienen que lidiar negros, latinos, asiáticos… en definitiva, todo aquel que no sea blanco, lo que actualmente se engloba dentro del colectivo racializado.

El periodista y activista antirracista Moha Gerehou explica que, aunque desde el punto de vista estricto todos somos igualmente ciudadanos racializados, el término se utiliza básicamente para designar a aquellas personas que sufren las consecuencias del racismo. La denominación, puntualiza, ha encontrado una buena acogida en muchos países, entre ellos España, ante la necesidad de encontrar un término que englobara a todas las víctimas de la discriminación.

“Racializado no es una forma políticamente correcta de decir ‘negro’, sino que es una manera desde al que describir la categoría racial” -explica Gerehou en su libro Qué hace un negro como tú en un sitio como este-. Es una categoría más, como pueden ser el género o la sexualidad. Estrictamente -argumenta- una persona racializada es alguien que percibe un trato favorable o discriminatorio en base a la categoría racial que la sociedad le atribuye. Siendo directos: negros y blancos somos igualmente racializados, pero la diferencia es que a partir de ahí las consecuencias no son las mismas para unos y otros”.

La utilidad del término, adaptada al contexto español, llena el vacío que existía para denominar bajo una misma idea a las distintas comunidades que sufren el racismo, algo que -explica- permite incluir a la comunidad gitana blanca.

Las mil caras del racismo

El racismo tiene muchas aristas. No siempre se traduce en ataques de odio, tipificados en el código penal. A veces se manifiesta en forma de otros tipos de discriminaciones, alimentadas por sesgos hacia una determinada población y que normalmente están relacionados con el fenómeno de la inmigración.

  • Según datos del barómetro de marzo de 2021 del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), el porcentaje de población que piensa que la inmigración es uno de los principales problemas de España apenas supera el 1%, aunque el año pasado esta misma cifra rondaba el 11%. En otros estudios de opinión, sin embargo, aparecen sesgos importantes relacionados con la percepción que tienen los españoles de la población extranjera.
  • El Eurobarómetro Especial 2017, un 17% de los encuestados sostenía que en España la población extranjera superaba el 25%, aunque, la realidad es que, según los datos del INE, ese porcentaje no supera el 10% del total de población nacional.
  • En la Encuesta Actitudes hacia la inmigración del CIS de 2017, el 60% de las personas preguntadas considera que el número de inmigrantes que hay en España es elevado o excesivo (cerca de un 30% cada categoría).
  • La discriminación racial queda patente en estudios sociológicos como el informe publicado por el Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica (CEDRE), el cual pone de manifiesto un incremento del racismo en todos los ámbitos, especialmente, en el acceso a la vivienda vivienda (un 31%), educación (20%) y trato de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado (19%). Por otro lado, los informes anuales acerca de la evolución de los delitos de odio en España también ponen de manifiesto un crecimiento de las denuncias por discriminación racial o étnica.

Racismo en España

Por supuesto, si preguntásemos a los españoles si se declaran racistas, la inmensa mayoría respondería que no. Preguntados que se autoclasificaran del 1 al 10 según sus actitudes o pensamientos racistas, la media nacional rondaba el 2,2,  según el CIS

¿Y si nadie se considera racista, de dónde viene el sentimiento de discriminación racial?, “Hay ideas, sesgos y estereotipos que han afectado a la percepción y manera de relacionarse con los migrantes de forma consciente e inconsciente”, explica Zhou en Gente de aquí, gente de allí. La autora pone un ejemplo recurrente: la población que da por hecho que los migrantes abusan de la atención sanitaria gratuita o que reciben más ayudas que los españoles con los mismos ingresos, unas ideas, que según el estudio del CIS “Actitudes hacia la inmigración”, también de 2017, sostenían respectivamente el 40 y 47% de los encuestados.

Y he aquí el dato relevante: cuando compararon los datos sobre percepciones tolerantes ante los inmigrantes con el nivel de confianza que les proporcionaban los ciudadanos extracomunitarios, detectaron la existencia de conductas intolerantes incluso en personas que se definían no racistas.

Manifestación antirracista

Manifestación antirracista

Foto: Cordon Press

El peso del estereotipo

En otras palabras, aunque una minoría de encuestados se autocalifican a sí mismos de racistas, la mayoría de ellos acaba teniendo ideas negativas hacia los inmigrantes, ideas basadas en desinformación, los estereotipos y los sesgos, unos mecanismos cerebrales que nos permiten simplificar y autodiagnosticar información. Una especie de recurso inherente que tenemos los seres humanos que nos permite predecir lo que va a pasar. El estereotipo, alimentado por estos sesgos, vendría a ser esa imagen fija que tenemos de determinadas personas, y que normalmente no se corresponde con la realidad.

Esos estereotipos que fijamos sobre un determinado colectivo, explica Zhou, se forman por agentes externos de forma continua, y consiguen tener éxito cuando se transmiten en masa a un mayor número de personas posible, hasta el punto de afectar a nuestro comportamiento hacia otros colectivo, lo que alimenta las situaciones de discriminación.

Uno de los culpables de esta distorsión de la realidad es el denominado ‘sesgo implícito’ (En inglés, Implicit Bias), que Zhou define como el “conjunto de pensamientos no neutrales sobre algo o alguien que afectan a nuestro comportamiento sin que nos demos cuenta”. Actos y reacciones inherentes a nuestra condición de seres humanos, que en el pasado nos ayudaron a identificar y evitar las amenazas para sobrevivir, pero que en el contexto presente pueden desencadenar prejuicios y estereotipos.

“A ojos de la sociedad he sido de todo excepto español: francés, británico, estadounidense o de cualquier país africano, pero nunca español. Si Mohamed es el nombre más repetido del mundo, ‘¿De dónde eres?” es la pregunta que más escucha una persona negra en Occidente”, sentencia Gerehou en su libro.

Todos esos sesgos, ideas preconcebidas y estereotipos ahogan a una población racializada que siente que no consigue escapar nunca de su condición de inferioridad aunque la ley las ampare, y que en ocasiones no encuentran ningún altavoz en el que manifestar su situación.

“Tardé mucho tiempo en comprender que el racismo no es una sucesión de anécdotas -escribe Gerehou -[…] Poco a poco, empiezas a ver que es sismético, que está por todas partes y en ninguna estás a salvo”.

La periodista estadounidense Michele Morris ha pasado una década pidiendo a desconocidos que sintetizasen en seis palabras sus visiones relacionadas con el concepto de ‘raza’. Un proyecto denominado The Race Card Project que le ha permitido recoger los testimonios de más de medio millón de personas.

“¿Estamos hartos del tema, o simplemente es que no nos interesa explorar un mundo distinto al nuestro? – se pregunta la autora del el reportaje “El racismo en seis palabras”, publicado en el número de junio de National Geographic-. A la hora de la verdad, sondear realidades y perspectivas ajenas resulta hoy más difícil que antaño por culpa de la polarización política y la segmentación de los medios de comunicación. Mucho de lo que leemos, oímos y vemos no hace sino confirmar lo que ya creemos”.

Morris pensaba que su propuesta no interesaría a nadie, pero se equivocó. “No tenía la menor idea de que hubiese tanta gente deseando hablar de la raza y de la identidad, hasta el punto de prestarse a compartir sus pensamientos con una desconocida”, explica.

Lo que sigue son testimonios de ciudadanos racializados residentes en España. Algunos han nacido aquí. Otros llevan más de una década residiendo, pero todos comparten un denominador común. Como explicaba Morris en el artículo,  “son visiones personales en las que se repiten historias, miedo, abusos de poder y sentimientos de pertenencia”, unas preocupaciones comunes que atenazan a muchos de esos testimonios se sienten juzgados por el mero hecho de haber sido adscritos a una determinada categoría racial, un factor que, concluye Gerehou, “sigue siendo un decisivo en el devenir de una persona, y nos afecta social, política y económicamente, en menor o mayor nivel. Ser capaces de reconocerlo y nombrarlo sirve para poner la primera piedra ante la discriminación y sus efectos”.