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Volver a la raíz: la resistencia del cempasúchil y el campo de la Ciudad de México

En la zona chinampera de Xochimilco, el cempasúchil se enfrenta a las semillas importadas, el cambio climático, la mancha urbana y la invisibilización que acompañó por décadas al campo de la Ciudad de México.

La familia de Luis Pérez se dedica a cultivar la tierra desde hace tres generaciones. Como la mayoría de los habitantes de San Luis Tlaxialtemalco (uno de los catorce pueblos que conforman Xochimilco), su sustento económico se basa en pequeñas unidades agrícolas que se extienden a través de los canales de la zona chinampera, el último reducto del pasado lacustre de la Ciudad de México.

Los primeros recuerdos de Luis en el campo evocan a su abuelo produciendo calabaza, chile, maíz y chilacayote en el terreno del que ahora se encarga; sin embargo, durante la gestión de su padre, su parcela ubicada en el Paraje San Sebastián cambió las hortalizas por flores de ornato. De ahí que cada otoño, una alfombra naranja y amarilla se apodere del paisaje.

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Luis Pérez (43 años) trabaja junto con su familia dos terrenos: el Invernadero Maderos y uno más en el Paraje San Sebastián, en San Luis Tlaxialtemalco. Foto: Paola Atziri Paz.

El cempasúchil (tagetes erecta) es la planta más representativa del género Tagetes, un grupo de 56 especies originarias de América, de las cuales 26 son propias de México. Domesticada hace al menos tres mil años, su primera referencia aparece en el Códice Florentino, en donde fray Bernardino de Sahagún las describe como “flores amarillas y de buen olor, y anchas y hermosas, que ellas se nacen, y otras que las siembran en los huertos”.

La comparación de su color con la luz del Sol provocó que se convirtiera en protagonista de las fiestas nahuas que tenían lugar de junio a octubre; en especial durante el Miccaühuitontli (“fiesta de los muertos pequeños”) y el Huey Miccaühuitl (“fiesta de los muertos grandes”), que se fusionaron con las celebraciones cristianas de la fiesta de Todos los Santos y el Día de Fieles Difuntos para dar origen a lo que hoy se conoce como el Día de Muertos.

Marigold: el cempasúchil que está desplazando a la planta nativa

A diferencia de otros cultivos en la zona, la mayoría del cempasúchil que se produce en Xochimilco no crece directamente en la tierra, sino en charolas de germinación donde se deposita la semilla durante los primeros días de julio.

Foto: Paola Atziri Paz.

Tres semanas después, cuando la planta mide entre 2 y 4 centímetros se trasplanta a una maceta de plástico, donde crece hasta los 35 centímetros de altura y desarrolla una floración homogénea, que alcanza su punto máximo entre el 15 y el 30 de octubre.

Se trata de la marigold (también conocida como Marvel african marigold), una variedad de cempasúchil obtenido de semillas mejoradas genéticamente que año con año se importan desde los Estados Unidos.

“Es la misma especie, pero se trata de un material importado y mejorado genéticamente a través de la obtención de variedades híbridas”, explica el Dr. Miguel Ángel Serrato Cruz, especialista en fitotecnia de la Universidad Autónoma de Chapingo que ha dedicado las últimas dos décadas de su quehacer científico a investigar las propiedades del cempasúchil nativo.

El experto considera que la producción cada vez mayor de marigold para el Día de Muertos significa un riesgo para la conservación de las variedades nativas, pues su alta demanda y la rentabilidad que ofrece a los floricultores amenaza la producción del cempasúchil mexicano:

“El desestímulo a la producción y al consumo del cempasúchil nativo podría provocar que dominen ciertas variedades importadas. Este nuevo uso de maceta está amenazando la producción tradicional, que resguarda genes y germoplasma autóctono”.

Plantas enanas, con más flores y más resistentes: la fiebre por el cempasúchil de maceta

En un intento por rastrear históricamente el momento en que la marigold se convirtió en el cempasúchil más deseado entre los consumidores en México, el Dr. Serrato explica que en el año 2000 se vendieron las primeras 10,000 flores en maceta en el país.

A partir de entonces, la popularidad del cempasúchil enano en maceta ha crecido exponencialmente. Según sus cálculos, este Día de Muertos se venderán al menos unas 5 millones en todo el territorio nacional.

Victoria Ortiz (51 años) cambió la venta de jugos por la floricultura hace cinco años. Ahora trabaja con la familia de Luis, quienes le han enseñado del oficio. Foto: Paola Atziri Paz.

La diferencia fundamental entre el cempasúchil nativo y la marigold radica en su tamaño y en la cantidad de flores que posee cada una: mientras la planta nativa se cultiva directamente en la tierra y su tallo alcanza hasta metro y medio de altura antes de cortarse, la marigold no supera el medio metro.

Además, las flores de la variedad nacional son heterogéneas y más discretas comparadas con la explosión de pétalos de la marigold, que por su tamaño y estética resultan ideales para comercializar en macetas.

La producción de marigold acarrea la compra anual de semillas a Estados Unidos, China y la India, pues a diferencia de las variedades nativas, los híbridos producen semillas inservibles para producir más flores al año siguiente. 

“Las plantas de maceta no forman semilla, y al no formar semilla, la energía que genera la planta le sirve no sólo para tener más flores, también para una durabilidad mayor. Otra ventaja respecto al uso de los racimos florales”, explica el Dr. Serrato. “Se importan por una sola razón: son de corte bajo, mientras los materiales mexicanos son de corte medio y alto”.

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A diferencia de la marigold, el cempasúchil nativo es una flor de corte y su periodo de venta se limita a los días próximos a Día de Muertos. Foto: Paola Atziri Paz.

De este modo, los floricultores de Xochimilco deben recurrir a las semillas de los países que hoy dominan el mercado tanto ornamental como industrial de cempasúchil, gracias a sus técnicas de mejoramiento genético de la especie: “(a las plantas) les ponen un gen y cada año tenemos que comprar semillas, lo que nos hace clientes cautivos” explica Luis.

El abandono de la agroindustria del cempasúchil en México y la esperanza del futuro

Aunque en el siglo XX México era el principal productor de cempasúchil a nivel mundial, hoy China domina la producción industrial con una cuota de mercado del 75 %. Además del uso ornamental, el cempasúchil es clave en la industria de los pigmentos

Gracias a su alto nivel de carotenoides, se utiliza para darle color al huevo y a la piel de los pollos, además de actuar sobre la fertilidad y fecundidad de las gallinas. 

“A partir del 2000, las empresas que estaban dominando el negocio de la producción de carotenoides de cempasúchil se fueron a China, India y Perú, con la intención de aprovechar una fuerza de trabajo barata. Ahora se está importando una materia semiprocesada que se trae de China. En el bajío se transforma hasta obtener los pigmentos líquidos y sólidos que se venden a la industria avícola y a los alimentos balanceados”.

Sin embargo, la investigación del Dr. Serrato Cruz y su equipo ha comenzado a dar sus primeros frutos: “En 2020, en el año de la pandemia, retomamos el trabajo de mejoramiento genético de tagetes erecta en el Departamento de Fitotecnia. En este momento, hemos abierto el candado y los mecanismos que nos permitirán obtener nuestros primeros materiales. Yo creo que el siguiente año tendremos algo qué decir con el inicio de las primeras variedades nacionales de cempasúchil”.

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«La Ciudad tiene que voltear a vernos. No tanto por la producción, sino por la conservación y los beneficios que aportamos: aire, agua, espacios verdes», afirma Luis. Foto: Paola Atziri Paz.

Estas variedades no sólo impactarían directamente en la producción de cempasúchil ornamental. Sobre todo, podrían contribuir a que México recupere el liderazgo perdido en la agroindustria, toda vez que la riqueza biológica de esta planta es “un tesoro”:

“El potencial por el lado del recurso genético es muy amplio, gracias a que la gente ha conservado su producción de manera ininterrumpida desde su domesticación”, explica.

La propuesta del experto también está acompañada de una visión ética: “sí: queremos hacer mejoramiento genético del cempasúchil, pero con nuestros materiales y sin perder variabilidad, ese es el reto”. De otro modo, asegura que caerían en el mismo problema que entraña el auge de la marigold.

Una ruta agroturística para conectar a los productores

Hace dos años, el Paraje San Sebastián donde se encuentra una de las parcelas de Luis y su familia era muy distinto a lo que es hoy. 

En aquél entonces, el terreno sufría de inundaciones y fungía como tiradero de basura; sin embargo, el Paraje fue recuperado por la Comisión de Recursos Naturales y Desarrollo Rural de la Ciudad de México (CORENADR) y desde hace un par de años, se promueve como parte de una ruta agroturística con la intención de acercar a los productores con los compradores de manera directa, sin intermediarios.

Columba López Gutiérrez, directora de la CORENADR Ciudad de México. Foto: Paola Atziri Paz.

Gracias a la demanda de 2020, Luis y su familia produjeron 75 mil plantas de cempasúchil para este Día de Muertos (40 mil más que el año pasado), mismas que esperan vender entre el 15 de octubre y el 2 de noviembre. Esta cifra se une a las 2 millones 800 mil plantas que, en palabras de Columba López Gutiérrez, directora de CORENADR, suponen un récord de producción en la zona chinampera de Xochimilco.

“Con la ruta agroturística, promovemos que la gente venga a comprarle directamente al productor. Y si comienzan a ver lo que conlleva el trabajo del campo, de producir una planta y cuidarla, generamos una conexión de la gente de la Ciudad con el campo, una parte esencial para preservarlo”.

“Sin suelo de conservación, no tenemos futuro”

A pesar de que la Ciudad de México es parte de una megalópolis donde habitan más de 22 millones de personas, el 59 % del territorio de la capital es suelo de conservación, una clasificación que define a las zonas no urbanas que por sus características ecológicas proveen servicios ambientales, como la producción agropecuaria y rural y la conservación de la biodiversidad.

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Las unidades agrícolas de la zona chinampera de Xochimilco suelen ser gestionadas por familias que comercializan sus flores en el mercado de Acuexcómatl. Foto: Paola Atziri Paz.

De norte a sur, los grises del asfalto degradan en pequeñas parcelas que resisten al frenético avance de la mancha urbana desde la segunda mitad del siglo XX. Las alcaldías Milpa Alta (la única enteramente rural), Tláhuac y la zona chinampera de Xochimilco concentran la mayor parte del área rural que aún subsiste en medio de la Ciudad.

Y aunque las leyes locales prohíben realizar construcciones habitacionales o comerciales en el suelo de conservación, tan solo de 1999 a 2010, el suelo de conservación de la capital perdió 300 hectáreas anuales, una amenaza que el gobierno pretende combatir aumentando la productividad del campo y sobre todo, demostrando que tiene futuro:

“Estamos apostando a que si fomentamos el suelo de conservación y la producción, detendremos el cambio de uso de suelo. Si se produce y se adquiere lo que ahí se produce, el terreno no se vende para casas”, explica Columba López.

“Me preocupa que los hijos no se arraiguen a la tierra. Pero si esto funciona, la gente no va a vender. No sólo se trata de conservar el medio ambiente, sino de hacer el campo rentable, porque la gente tiene qué vivir de algo. Si no se equilibra el crecimiento urbano con el suelo de conservación, no tenemos futuro”.

Regresar a la raíz

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«Algo que también me preocupa es la siguiente generación. No hay gente que quiera trabajar el campo. No hay un relevo generacional. No nada más se muere la producción, sino la cultura de Xochimilco». Foto: Paola Atziri Paz.

Desde la perspectiva de Luis, la recuperación del campo de la Ciudad de México y la preservación del suelo de conservación no requiere de soluciones novedosas o enfoques inéditos. El mejor ejemplo es la situación por la que atravesaron sus parcelas en los 90, cuando la orientación gubernamental apoyaba el uso de agroquímicos y pesticidas sin reservas.

“En las décadas de los 80 y 90 llegaron los agroquímicos y pesticidas. Nos dijeron que funcionaban, y sí funcionan, pero no nos dijeron qué iba a pasar después de las aplicaciones. Entonces nos acabamos nuestro suelo, contaminamos el agua… no nos dijeron que al usar dosis altas generábamos resistencia a plagas y ahora estamos tratando de revertir esto. En este cempasúchil se utilizó composta de la zona, que no es nada nuevo, simplemente regresar a los orígenes”.

Al percatarse de la situación, la familia de Luis y los vecinos dejaron de lado los agroquímicos y recurrieron a alternativas naturales. “Al principio nos fue atractivo tener menos plagas y menos pérdidas, pero al final del día nos estábamos acabando todo. Ahora estamos tratando de aprender a ser más resilientes para no afectar la zona y ser productivos, pero es una responsabilidad que nos toca a todos”.

Columba López asegura que el uso de agroquímicos en la zona chinampera ha disminuido en 70 %, y aunque la CORENADR ya no interviene en la forma en que los productores invierten los recursos que reciben del programa Altepetl, la orientación general es evitar tanto agroquímicos como transgénicos por “ética y responsabilidad ambiental”.

Además del uso de suelo y los agroquímicos, la zona rural de la Ciudad de México enfrenta otra amenaza que si bien pasa desapercibida para la mayoría de citadinos, está obligando a los productores a adaptarse a sus efectos cada vez más presentes: la crisis climática provocada por la actividad industrial y el aumento de la temperatura global que trae consigo.

“Normalmente, la llegada del invierno es una forma de controlar plagas. Cuando baja la temperatura, disminuye la población, pero el año pasado nada más tuvimos una helada en diciembre. Prácticamente ya estamos casi al nivel de Cuernavaca”, explica Luis mientras una pick up se carga con cientos de macetas de cempasúchil.

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Este año, la macetas de cempasúchil con los productores directos cuestan 13 pesos en promedio. Una vez que la flor sale de la zona chinampera, su precio se eleva a más de 20 pesos. Foto: Paola Atziri Paz.

“Las heladas tienen que empezar a partir de octubre. Hace 10 años, las flores de cempasúchil se tenían que tapar, cubrir para evitar que se marchitaran. Ahora es al contrario, se están pasando por el exceso de calor. A la nochebuena, teníamos que taparla con plástico negro a partir del 15 septiembre para que se estimulara la floración, pero ahora sale natural”.

A partir del 15 de octubre, a un costado de la alfombra de cempasúchil yace una casa de campaña. Es el sitio donde Luis Pérez pasa cada noche desde el inicio de la venta y hasta el Día de Muertos.

Aunque el productor menciona dos razones de peso (la vigilancia del cultivo y la venta nocturna, cuando llegan grandes camiones para llevarse cientos de plantas a 20 estados de la República) para dormir en su parcela, la forma en que relata su experiencia deja entrever una más:

“Tengo la fortuna de ver el amanecer acá, la Luna, los patos… es increíble. Si tenemos buena visibilidad, el Popo y el Izta se ven geniales. Además, se empieza a recuperar un poco la fauna: Patos, ajolotes, ranas, tenía mucho tiempo que no veíamos ranas… a veces oigo a los peces brincando por ahí».

Aunque durante algún tiempo Luis planteó dejar de lado el campo definitivamente y trabajó en la Escuela Normal de Maestros, a 20 años de su regreso a la zona chinampera de San Luis  Tlaxialtemalco reconoce que no cambiaría su oficio de floricultor. «Es un trabajo que requiere mucho tiempo y dedicación, pero también es redituable. Nunca me ha dejado sin comer un día».

“Los aztecas tomaron un lago y lo hicieron tierra fértil y de aquí obtenían agua limpia, verduras y alimentos de buena calidad a partir de un sistema de riego muy eficiente. No estamos descubriendo el hilo negro, simplemente regresando a la raíz, y esta es la raíz de la Ciudad de México”.

 

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